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martes, 15 de mayo de 2012

Alto contraste



Hombres de rostros corroídos por la furia. Imaginé, recién se enteraron de la peor noticia, o fue justo el momento de tomar la decisión de agarrar una pistola para cometer un crimen. Todos con la noche adherida a sus cuerpos, la mirada fija y desafiante ante la cámara. Alrededor de ellos queda latente la oscuridad, pareciera fueron retratados en el abismo. Unos apretando los puños, otros cubriendo su rostro con las manos. Todos con las venas hinchadas y la boca abierta, seguramente se desgarraron la garganta al expeler el grito.

—¿Te gustan mis fotografías?
—Sí, todos son muy guapos.
—Todos están muertos.
—¿Cómo?
—Están bajo tierra. No me mires así, yo no tengo la culpa de sus destinos. Me gustaría tomarte una sesión de fotos.

Dejé el trago sobre la mesa, ni pensé en buscar mi playera, me dirigí a la puerta y jalaste mi brazo.

—¿Por qué te vas? Si apenas nos estamos conociendo. Quiero mostrarte mi cuarto oscuro, ahí tengo más fotografías como las que te gustaron.

Me besaste tan violento que no pude resistir meter mis manos bajo tu camisa, al levantarla descubrí una cicatriz en tu pecho, justo donde palpita el corazón. Al deslizar tus manos a mis nalgas, abrí lentamente los ojos, atrás de ti estaban los cuadros, los hombres parecían abrir más sus bocas y por un segundo escuché sus gritos. Te aventé y caíste sobre la duela, abrí la puerta y salí del departamento.

Al bajar las escaleras tus palabras hicieron eco por los pasillos: “Espera, tengo algo que confesarte”. Llegué a la puerta principal del edificio y salí a la calle.


La ciudad estaba vacía. A pesar de la noche los postes de luz alumbraban intensamente. Corrí con todas mis fuerzas. Al llegar a la esquina pasaron dos taxis, que ignoraron mi señal de abordo. Al mirar atrás, te vi a lo lejos. Crucé la avenida. Al pasar tres cuadras te perdí de vista y me di cuenta que había entrado en la colonia Guerrero. Las casas tenían ventanas enormes, parecían ojos que me observaban, el viento soplaba fuerte y sentí que la tierra temblaba, miré al cielo, la luna estaba llena y me pareció una enorme boca abierta- ¡Mierda! Este pendejo puso algo en mi bebida-. Respiré hondo. En la siguiente esquina caminaba un hombre, a unos cuantos pasos le hablé:

—Señor, alguien me sigue ¡Ayúdeme!

Cuando él se dio vuelta y observó mi rostro, abrió la boca e intentó gritar, pero no lo logró. Las venas de su cuello se hinchaban y al reventar la sangre salió a presión.

Me fui corriendo.

A la siguiente cuadra, en la esquina, una prostituta fumaba.

—¡Oye! Necesito ayuda ¿Cómo salgo de aquí?

Al verme a los ojos, abrió sus labios rojos. Las venas de su cuello se hinchaban como serpientes.

—¡Respira! ¿Qué te está pasando?

Y ella apagó el cigarro en su lengua.

—¡Pinches drogadictos!

Le grité y seguí corriendo. La calle comenzó a desdibujarse, en un instante quedé atrapado en un callejón.


Tú apareciste caminando entre los postes, que desprendían las luces que proyectaban tu sombra y se agrandaba al acercarte.

—Te dije que quiero confesarte algo.
—¡No me importa! Psicópata.
—Eso es de lo que quiero hablarte. No soy lo que piensas. Me interesas porque me gustas. Tus ojos tienen algo que atrapa.
—No mames.
—Me gustas demasiado, quiero tenerte.
—¡No te acerques!
—Te quiero tener por siempre.

Apreté los puños, todo se arreglaría con una pelea.

De tu pantalón sacaste una pistola, apretaste el gatillo y grité con todas mis fuerzas. Al disparar, el flash cegó mis ojos.


Fotografías: Ignacio Velasco

sábado, 10 de marzo de 2012

En busca de lo fantástico



Inspirado en la biografía y obra de Bas Jan Ader

Me detengo en el límite donde el mar moja mis pies. Apareces, sujetas mi mano y el atardecer naranja nos rasga los ojos.

─Somos cómplices de algo fantástico.

Tuerces la boca y me sueltas para adentrarte en el mar hasta desaparecer. Sucedió en un instante que apenas si pude parpadear. Las olas me impiden seguirte; al romper cada vez más fuerte, se llevan la playa y grito al encontrarme en una isla que se reduce hasta cobrar la forma de dos brazos que aprisionan mi pecho y lo aprietan…



─Es sólo un sueño.

Al despertar, me tenías abrazado y yo tosía mientras preguntabas:

─¿Por qué la cama está cubierta de arena?
─No sé, pero es idéntica a la que aparece en mis sueños.
─Me cansan tus debrayes.
─¿Piensas que miento?
─¿Pretendes que te crea, que toda esta arena salió de tus sueños, de tu cabeza?
─¡No puedes ver que sale hasta por mi boca!

Te levantaste de la cama, te vestiste tan rápido que no te percataste de ponerte la playera al revés y antes de cerrar la puerta dijiste en voz baja; ya no te quiero. Pasé la noche frente a la ventana, con insomnio, pintando mis pestañas con la luz que desprendían los astros, dando sorbos a las botellas que habían quedado a la mitad.



“En busca de lo fantástico” Fue el título del cuento que creó un monstruo de papel en el cesto de basura, que se asomaba para repetir mis palabras como bromas. Lo miré con tirria, al igual la fotografía colgada en la pared, donde apareces sin playera, con el cuerpo mojado, detrás la calle inundada y el cielo cubierto por relámpagos. Al no poder ordenar mis ideas, instalé la cámara fotográfica y de video y las encendí. Me coloqué frente a ellas, como si fuera el delincuente que está a punto de revelar sus crímenes. Cerré los ojos, sentí tus brazos rodeando mi pecho, oprimiéndolo fuerte. Al abrirlos observé la arena esparcida sobre la cama, la puerta que azotaste, tu fotografía con los rayos en movimiento y cayendo en tierra. Las cámaras fueron testigo del derrumbe, de cada una de mis lágrimas. Mis párpados cansados se cerraron arrojándome nuevamente a la isla, esta vez el mar dormía, seguramente porque tú te encontrabas lejos.

Desperté con arena adherida al cuerpo. Encendí las cámaras y al observar mis acciones me sorprendí, el monstruo que había creado en la basura se asomó y al ver el film rió hasta morir. Decidí hacer de las fotografías postales, para enviarlas por mail a mis conocidos, no sin antes firmarlas con Estoy demasiado triste para contártelo.

Cada vez que despertaba aparecía más arena, hasta que cubrió por completo las paredes y el techo. Dejé de sentir hambre y sed, tocaron varias veces la puerta, el teléfono hizo ruidos, al tener la certeza que no se trataba de ti ¡Que me importaba! Una tarde de lluvia la casa comenzó a derrumbarse; tu fotografía quedó enterrada, la puerta salió volando, frente a mí vislumbraba el océano y en la orilla una barca con la tripulación lista para zarpar: mi cámara de video y de fotografía. Puse mis pies dentro, haciéndome la promesa de llegar a otra tierra.



¿Podría captar el lente de las cámaras el paisaje que me envolvía? Creo que mis intentos fueron absurdos. Amanecía y los rayos de sol se reflejaban en el agua, anunciando el despertar del mundo. Las mantarrayas saltaban salpicando el mar, rompiendo su dermis que al estriarse se asomaban tortugas. Sumergí mis manos en el océano para mojarme el rostro y el pecho. Al acostarme boca arriba contemplé como el día perdía su fuerza, la noche se aproximaba con un puñado de estrellas, dejando caer un par sobre el océano creando agujeros, que por poco vuelcan mi barca. La luna apareció y al sonreírnos cada uno a su manera, se volvió cómplice de mis secretos. Comencé a escuchar interferencia, como si un radio estuviera perdido en la barca, pero al buscarlo no lo encontré. Transmitía diferentes voces, que algunas reconocí:

─¿Por qué tomaste esta decisión? Todos tus amigos estamos preocupados.

─Hijo, por favor abre los ojos ¿Qué tontería hiciste ahora?

─Al ver las fotografías que mandaste pensé que era otra de tus demencias ¿Cómo pude estar tan ciego?

No me importaron las voces, ni sus palabras, me alejé más, hasta que dejé de oír la transmisión.



Cuando todos ellos decidieron zarpar, muy adentro del mar encontraron mi barca volteada. Me daba risa observarlos: el rostro de mi madre cubierto en lágrimas, el de mi mejor amigo viendo el cielo como si ahí encontraría respuesta, con mi última fotografía entre tus manos, hasta casi arrugarla. Los tres con los ojos puestos en el horizonte y yo me encontraba más cerca de lo que imaginaban, pero ninguno se atrevió a bajar la mirada.

Podrían encontrar toda la verdad de mi destino grabada en video y en fotografía, pero para obtenerla tendrían que sumergirse hasta el fondo del océano.



Fotografía: Bas Jan Ader

lunes, 19 de diciembre de 2011

Quédate en mis labios



Al beberte la última gota de la botella, la arrojé al mar. La vimos caer desde la montaña. Las olas estallaban contra las rocas intentando llevarse la playa. Los animales que habitan la montaña emitían chillidos. La luna se tornaba más grande, en cualquier momento reventaría contra la tierra y apreté los puños. El viento atraía brisa que sacudía palmeras y nuestros cabellos. Cuando estuve a punto de decirte algo y volteé a verte, la luz de la luna se apagó, también la del faro que por espasmos alumbraba la playa.

Golpe de calor reventó contra mi pecho, justo cuando me encontré en intensa oscuridad que desdibujó el horizonte, la playa, mi cuerpo... Grité tu nombre; convirtiéndolo en eco que retumbó en el infinito. Me arrastré por la tierra, escuchando ruido de serpientes que seguramente mudaban de piel. Con mis manos logré percibir el pretil de la montaña, me asomé intentando hallar tu cuerpo pero sólo encontré bocanada y el sonido de las olas como orquesta de lamentos.



De golpe la luna resplandeció, alumbrando huecos, creando sombras y de un salto apareciste pisando al borde de la montaña. El límite que divide la vida de la muerte. Al verme no te detuviste, bajaste corriendo la montaña. Yo tras de ti, empujaba con los brazos las ramas de árboles secos y las telarañas que se adherían a mis ojos. Llegamos a la falda de la montaña. Como locos escapando del infierno entramos al cementerio del pueblo, te escabulliste entre criptas y mausoleos abandonados. La luna resplandecía y su destello no cabía en mis ojos. Me detuve al vislumbrar dos luces, se trataba de los ojos de un gato que me miraba fijamente, hasta que una rata se atravesó en medio de los dos. El gato fue tras de ella y yo sin pensarlo lo seguí. A unos pasos te encontré tirado sobre el lodo y convulsionando.



Pastillas. Pastillas de diferentes colores para ti, que al tragártelas creaban arco iris en tus ojos, era la dosis para tus nervios. Para mí, pastillas azules que te tiran al sueño, para evitar que por las noches, por mi mente rodaran tus dibujos que me mostraron los psiquiatras: Rayones, paisajes desechos, abismos en la tierra, donde en uno se encontraba atrapado un monito hecho de palitos con cara de bola, que con tus manos explicabas que se trataba de ti. Entonces les comenté a los expertos:

─Seguramente dibuja el infierno.
─Con las pocas palabras que articula y los estudios realizados, llegamos a la conclusión que el paciente afirma, estuvo del otro lado de la luna. El oscuro, el que nadie ve y nadie quiere ver, así, como el que tiene todo ser humano.





¿Qué te pasó en ese fragmento de tiempo en el que desapareciste? Bastaron minutos para cambiar la dirección de nuestras vidas, para que acabaras con la lengua trabada, la cara hecha un pantano y con la mirada en una órbita a la que nadie logró llegar ¿Dónde te fuiste que te despedazaron el alma? Desde ese entonces, cierras los párpados al verme, gritas al escuchar mi voz.

─¡Déjate de mamadas! Nunca pisaste el lado oscuro de la luna, seguramente fuiste a orinar en el momento que el cielo se nubló y no me di cuenta por estar borracho, o tal vez aprovechaste ese instante para tragarte un hongo de color fosforescente, de esos que nacen de la mierda y así fue como quedaste completamente idiota ¡Idiota!

Y tu respuesta: gritos, tu aliento parecía ser el último y tu sonrisa atrapada en tu imaginación. Fue inútil. Los doctores con sus guantes, siempre vestidos de blanco como los fantasmas que aparecen en mis noches de insomnio. ─ Jamás volverá a ser el mismo, aseguraban. Te convertiste en su caso inexplicable. ─ Te voy a extrañar, te decía cada vez al salir del hospital y hasta cabrón saliste porque yo tampoco pude volver a ser el mismo. Hastiado de la ciencia, decidí creer que no se necesita de naves, ni cohetes, que basta un espasmo para escapar del mundo.



Comencé a investigar sobre la luna, en libros, revistas, en internet. Encontré documentales que aseguraban nunca nadie ha pisado la luna, que todo ha sido filmado en sets Hollywoodenses ¡Luces, cámara, acción! ¡El hombre caminando sobre la luna! Otros documentales afirmaban lo contrario y contaban que hasta un hombre pisó el lado oscuro de la luna y regresó a la tierra completamente loco, pero no se trataba de ti. Hablar de ti se reducía a alguien dopado. Me esforcé en sacarme la idea de que no te tragaste un hongo, traté de convencerme de que ¿Fue un pedazo de Luna?

Mi investigación me llevó a un callejón sin salida, fue cuando decidí agarrar la casa de campaña, el sleeping y me subí al carro. Me alejé de la ciudad… Puebla, Querétaro, Tlaxcala ¿Qué importaba? Seguía mi instinto, donde según yo, la luna se palpaba con mayor claridad sobre el atardecer de Agosto. La Luna me sorprendió con su anchura, justo en un tramo de carretera, donde los automóviles siguen su paso veloz. No había ni un hotel, ni comercios, ni gente. Me estacioné en la terracería y caminé pradera adentro.





Con mi mochila sobre la espalda, música en mis audífonos, escuchaba una canción, esa que tu y yo cantamos fuerte en nuestra última noche de juerga, “Love don´t dance here anymore”. Presentía que te recuperaría, que el viento soplaba a mi favor y al fin la mañana reventaría en un verdadero amanecer, y de no ser así, pensé, que acabaría embriagado de la locura que me faltaba, para encontrarnos en el lado oscuro de la Luna.

Caminé hasta encontrar el lugar idóneo para instalarme. Pisando tierra árida que se perdía en el infinito, el mar de la tranquilidad, donde ningún astro tenía cabida para esconderse, rodeado de insectos fantásticos y con el brillo de la luna resplandeciendo.

Me senté por largo tiempo contemplando el espacio. Comencé a sumergir mis manos en la tierra con la intención de hundirme, pero sólo logré hacer lodo. Lodo, como en el que te revolcaste extraviando tus ojos mientras escupías espuma por la boca, lodo que me hacía pensar que esta tierra no era más que el bodrio que Dios creó para que los seres vivos se revolcaran o, para que él vertiera desechos.



El amanecer me sorprendió embarrado de lodo, que lentamente endurecía el viento del amanecer, en cualquier momento me convertiría en estatua o polvo. Los audífonos quedaron detrás de un arbusto y se escuchaba suavemente “Love don´t dance here anymore”, los animales fantásticos se volvieron moscas que revoloteaban sobre un halcón muerto.

Y cuando reventó al fin el amanecer en mis ojos, vi mi cuerpo hecho de palitos, al tocarme la cabeza la sentía como una bola a punto de estallar. Cuando regresé a la carretera, mi coche no estaba donde lo había estacionado.

Caminaba por la carretera, muerto de hambre, sudando y con la cara llena de lágrimas, porque todos mis planes resultaron un fracaso, porque ningún automóvil me recogía, porque ni arañando mi piel me libraba del lodo, los rayos del sol lastimaban mis ojos. Caminé así, recordando que ese amanecer te di por muerto. Fue inútil crearte el sepelio en mi mente, cada noche, cada fase lunar me hacía sentir cerca tu respiración. Varias veces pensé que la solución sería cambiar de vida, de diferentes lugares, con diferentes personas, a las que me aferraba para sentirme feliz, pero sólo acabé por verterles mi infierno a causa de tu sombra.



Cada luna que he visto se estrella en tu cabeza.
Creo que debería usarla como cuchillo.
Ojalá la hagan explotar las fuerzas armadas.



Ahora que la piel se nos arrugó y nuestros tatuajes se han deformado. Sigues con los fantasmas, en esa mierda de hospital, con las mismas putas pastillas de colores que no logran ya ningún arco iris. Ahora pienso que fui demasiado lejos, quizás desde un principio debí buscarte en el lodo, en la mierda, en los hongos, a veces creo que todo este tiempo sólo te has burlando de mi, que eres feliz en tu papel de loco.



Y ahora que no puedo hablar porque el tiempo me desbalijó, por una embolia, por los excesos o por ti quizás; con esta papada de vaca que pesa y siento en cualquier momento cortará mi cuello, con esta panza que jamás imaginé tener. He decidido volver a verte.

Una enfermera me lleva al mismo centro psiquiátrico en el que te dejé. Al entrar al hospital, la recepcionista te vocea:

-El paciente numero 69, tiene visita en la recepción.

Apareces en una silla de ruedas, que maneja una enfermera greñuda y más vieja que nosotros. Al instante te reconocí, a pesar de toda esa carne que ahora te cuelga ¿Quién olvida tus ojos tan azules? ¿O tan verdes? De ese color mar, de ese mar que abandonamos corriendo por siempre.

La enfermera torpemente te coloca frente a mí, me ves desde tu silla de ruedas y te desconocí al momento que me sonreíste.

¡Tonto! Ya llegamos a este punto de la vida donde estamos casi desechos, para darnos cuenta que nos necesitamos. Te veo los pies con las venas hinchadas, tu cuerpo metido en una bata que te queda grande y en la cabeza un gorrito estúpido de enfermo que en cualquier momento se te va a caer. Al ver fijamente tus ojos, tus pupilas giraron como un cambio de fase lunar.

Y así nos quedamos hasta que nos sorprendió la noche.

Y al fin, pude comprender el por qué de tus dibujos, de esos abismos sobre la tierra, de ese lado oscuro y los rayones que hacías hasta romper el papel, el por qué te dibujabas con palitos y bolitas, por primera vez fui testigo de lo que viste aquella noche y al comprenderlo la risa más aguda sacudió nuestros cuerpos.



Imágenes:Misha Gordin,Ignacio Velasco y de la película Le Voyage dans la Lune de Georges Méliès

miércoles, 2 de noviembre de 2011

La playa de Horus



Martes 1 de noviembre 6.00 AM



Por la ventana veo los edificios de Tlatelolco. Mi cabeza me duele más con cada palpitar del corazón. Mi cuerpo con moretones; tendido sobre un colchón lleno de colillas de cigarro y basura que se esparce por todo el cuarto ¿Y ese gran agujero en la pared? A través de él, veo otra recámara con más desechos, montañas de ropa, vidrios y una pared rayada que decía: Nos veremos del otro lado.

Entre el desmadre busco en vano mi ropa. Me pondré este bóxer de quien sea. Salgo del cuarto. Intento ordenar mi memoria.

Camino hacia la sala. Encuentro más bazofia, algunos muebles destruidos, y un librero desbalijado, atiborrado de figurillas baratas de porcelana: perros, leones, muñecas…

Lo mejor será salir de este departamento.

¡Mierda! La puerta tiene llave…

Seguramente él me encerró y en cualquier momento regresará para seguir divirtiéndose.

Camino hacia el ventanal y al abrirlo, el aire me golpea con fuerza, el amanecer inunda mis ojos, desde aquí observo las aéreas verdes, los juegos infantiles. Tlatelolco y...

Martes 1 de Noviembre 2.00 AM



Los dos tomando en los juegos infantiles. Decidimos subirnos a esa cosa que sólo da vueltas. El reto era saber quién aguantaba más y reíamos al ver nuestras caras (o al menos yo al ver la tuya) Tratábamos de ir más rápido, con la intención de sacar el juego de su eje, zafarle tornillos, pero lo único que conseguimos fue que vomitaras. De un departamento escuchamos el grito de una señora “¡Aquí no es vecindad!” Y me dio más risa, tuve que orinar ahí mismo.

Después.



Acabamos frente a frente, tú con el aliento a bodrio y nos besamos entre arbustos que nadie cortará, contra locales cerrados y paredes grafiteadas; recorriendo así la Unidad Habitacional, llegamos afuera del cine abandonado, donde me dijiste que adentro estaban proyectando nuestra película.

─¿De qué hablas?
─ De nuestra película. La que nos están filmando en este momento.
─ Es imposible.
─¿No te das cuenta que por eso la ciudad está llena de cámaras?
─ Qué pendejada.
─.¿No te gusta el cine?
─ Sí, pero ¿Qué tiene que ver?

Y me pareció que ese momento fue filmado para siempre.



Martes 1 de Noviembre 6.15 AM

En la cocina debe haber agua...
Sí, si hay, pero no en los garrafones, sólo en las llaves y las abro para acabar con mi sed y al beber, la sensación me provoca…

Martes 1 de Noviembre 2.30 AM

─¿No te parece que ya habíamos vivido este momento?
─ No.
─ Es un déjà vu.
─¿Déjà vu? Hasta muy francés me saliste ¡No mames! Te acabo de conocer en el último vagón del Metro, sé que ni recuerdas mi nombre.
─ Tenemos mucho tiempo de conocernos y esta noche nos volvemos a encontrar, de hecho me querías mucho ¿Recuerdas? En mi funeral casi te daba un paro.
─ …
─ Varias personas te tuvieron que agarrar, querías sacarme de la caja ¿No entendías que a los muertos se les deja en paz?
─¿Qué?
─ Mejor celebremos, quién sabe si mañana sigamos juntos, c'est la vie …
─ Demente.
─¿Demente? Demente hubiera sido tener el mismo rostro con el que me conociste, con la misma voz, con las mismas manos…



Martes 1 de Noviembre 6.19 AM

El librero de la sala ha hecho escándalo al romperse, inexplicablemente las horribles figurillas han quedado intactas sobre el suelo, al observarlas siento que cobrarán vida en cualquier momento, sólo para acabar de morir. Un montón de papeles han quedado suspendidos en el aire y lentamente caen sobre el suelo. En las hojas que agarro sólo encuentro matemáticas ¿formulas, ecuaciones, enigmas? ¡Problemas! Tal vez si pudiera resolverlos cambiarían la dirección de mi suerte, pero al no entender nada, recuerdo que…

Martes 1 de Noviembre 2.31 AM

─¿Cuánto tiempo estuvimos juntos? ¿Años? ¿Meses? ¿Días?...
─ No sé de donde saliste, ni quién chingados eres, pero como dijiste, a los muertos déjalos en paz.



Me levanté, di unos pasos y justo a punto de cruzar la avenida me carcajeé ¿Tú que ibas a saber de mi pasado? Se trataba sólo de una coincidencia ¡Una borrachera! Te volteé a ver y me sorprendió tu mirada tan penetrante. Regresé para abrazarte y así nos fuimos caminando hacia el Oxxo, por cervezas.

Entramos.

Yo no quería que nadie viera mis ojos. Fuimos directo a los refrigeradores, agarraste un montón de cervezas. ─ No te preocupes ahora pedimos que nos den dos cartones. Después agarraste unos Cazares y ya en la caja pediste unos cigarros mentolados; justo como le gustaba pasar las noches a quién se me murió. Comencé a mal viajarme, a recordar, pero al salir de la tienda y sentir el viento decidí que la noche fluyera.

Llegamos a la entrada del edificio, abriste la puerta, subimos por esos elevadores que desde siempre me han parecido cámaras de gas. El elevador subía lento y tenía calor. Las puertas se abrieron en el último piso, apenas sí podíamos con tantas cervezas.



Martes 1 de Noviembre 6.30 AM

La cabeza me va a estallar, necesito un baño con agua helada.

Camino por el pasillo y me detengo en la puerta del baño. Está más asqueroso que cualquier otro lugar.

Entro.

Me quito el bóxer, abro la regadera y el agua fría despierta mis poros, me hace sentir los ojos más grandes y…


Martes 1 de Noviembre 3. 06 AM





Entramos a tu departamento, destapaste las caguamas, la primera nos la terminamos de casi un impulso y nos sentamos en el piso. Observaba tus manos. Desde que te vi, me gustaron, eran exageradamente grandes (O no sé si las vería así por culpa del alcohol), cuando agarrabas cualquier objeto te veías chistoso.

─ Tus manos están desproporcionadas.
─¿Desproporcionadas?... A todos les gustan.
─ Agarra la cerveza y veras.
─ Y tú tienes la cabeza más grande que he visto, podría ser de olmeca.
─ No es cierto
─¿Quieres ver que sí?

De una muñeca de porcelana sacaste algo y te lo tragaste. Sacaste otro no sé qué y te lo metiste a la boca, bebiste de la botella, te acercaste a mí para besarme y al abrir yo la boca sentí el chorro de alcohol. Y lo que no supe qué era, raspó mi garganta. Y nos quedamos así, hasta sentir los labios cada vez más suaves, los brazos más fuertes, nuestros cuerpos unidos, acoplándose en formas amorfas. Perdí noción del tiempo y espacio. Sentí que mi cuerpo se abría, resplandeciendo mis secretos y fantasías. Mis manos, mi lengua, mi sexo escribían sobre tu cuerpo las historias que tenía ganas de contar a un extraño ¿O a alguien tan conocido? No lo sé, porque comencé a sentirte como una ola que reventaba contra mi cuerpo, que por momentos me asfixiaba. Ya no podía.

─ Me falta aire… ¿Escuchas?...No puedo respirar.
─¿Qué importa?
Te aventé.
─ ¿No te hubiera gustado morir así?
─¿Estás…? ¿Qué te pasa?
─¿Te gusta mi casa?
─ …
─ Pues ahí enfrente había un edificio igual a este, y con el terremoto del ochenta y cinco se vino abajo ¿Dónde crees que se fueron esos muertos? ¿Imaginas cuantos estudiantes deambulan por aquí? Yo conozco bien a esos muertos, ya te dije que he regresado de ese mundo.
─ Entonces consíguete un pinche muerto para pasar la noche. Me voy.

Martes 1 de Noviembre 6.45 AM

Tocan la puerta con fuerza.

Cierro las llaves, y ni pensar secarme con alguna de las toallas ¿Quién será? Mis pies se adhieren en el piso pegajoso.

Atravieso el pasillo,

Veo por el ojillo de la puerta y veo a dos policías que me recuerdan...

Martes 1 de Noviembre 4. 55 AM



─ Ni insistas, ya te dije que me quiero ir, abre la puerta.
─ Busca la llave, está dentro de una muñeca de porcelana.
─ No voy a buscar ni madres, abres la puerta o gritaré hasta que venga la policía.
─¡No puedo creerlo! Después de un año de mi muerte no haz evolucionado, sigues haciendo los mismos berrinches
─ Tu historia ridícula ya me tiene hasta la madre…¡Entiende! tu nombre no corresponde con el otro, ni tu rostro, mucho menos tu cuerpo… ¡Ve tus manos! Ya estoy hastiado, abre la puerta.
─¿No te das cuenta? ¿O estás fingiendo?
─ Abre la pinche puerta.



Sacaste la llave de una muñeca y cuando la arrojaste por la ventana, explotó algo en mi cuerpo, veía que luz brotaba por mis poros y así nuestros demonios salieron convertidos en extraños animales que se daban de topes contra las paredes, abrían sus hocicos arrojando nuestra sangre. Me sentía cada vez más débil. Cuando abría los párpados veía tu cuerpo mas destruido, no me atrevía a ver el mío; nuestras sombras contra la pared se hacían más grandes y nuestros cuerpos más delgados. Me temblaban las piernas, mi olor ya no era el mismo, por momentos al ver mis manos las veía evaporarse. En medio del caos escribías en una pared, pero no entendía tu mensaje. Los animales acabaron haciendo un hoyo en otra pared y a través de ella huyeron.

Nuestro instinto fue seguirlos.

Atravesando el agujero descubrimos la playa, el sol resplandeciente, las olas golpeando con fuerza y todos los animales se sumergían en el mar.

Nuestro instinto fue seguirlos.

Al sumergirnos tus manos desproporcionadas se tornaban enormes, yo las agarraba tratando de sacarte a flote, pero cada vez se hacían más pesadas y más grandes, al ya no soportarlas, las solté. Veía como te hundías hacía el fondo del océano. Comencé a escuchar gritos “¡No dejan dormir hijos de la chingada! Aquí no es vecindad”.

Nadé por largo tiempo intentando llegar a la orilla, pero el mar me jalaba, intuía eran remolinos o tus enormes manos, tratando de alcanzarme. Finalmente pude salir del mar. Me arrastré hasta sentir una cama de arena, se acabó mi energía y se me cerraron los ojos.



Martes 1 de Noviembre 7.00 AM

Y ahora sólo queda un departamento en ruinas, con un hoyo gigantesco en la pared que da a un pinche cuarto. Las paredes crujen, me parece que en cualquier momento este edificio correrá con la misma suerte del que ya no existe.

Los policías patean la puerta.

─ Abre hijo de tu puta madre, esto te costará caro.

Al dar unos pasos hacia atrás, choco contra un mueble y al moverlo te encuentro. Ahí, muerto, hinchado y de color azul.

No puedo dejar de ver tu cadáver, tanto andabas chingando con la muerte, que así acabaste.

La puerta está por quebrarse. En medio de la sala aparece un animal de dos patas, con cuernos, que al verme se echa a correr y atraviesa el agujero en la pared.

Mi instinto fue seguirlo.

En esta playa nadie me encontrará.





Fotografìa: Ignacio Velasco

sábado, 17 de septiembre de 2011

La senda del bestiario.



Las bestias



Mis sueños se limitaban a proyectar rostros que no conocía. Hablaban quedito o con palabras que no entendía. Otras noches permanecían mudos y me observaban de arriba abajo como si fuera un intruso en su mundo. Algunas mujeres mientras se acomodaban el cabello, me sonreían, otras con sus labios teñidos de rojo, me enviaban besos. Algunos hombres escondían bajo sus largas barbas acertijos que daban dirección a mi vida. Todos eran rostros flotando en la inmensidad, detrás de ellos el paisaje era nulo. Cada noche podían aparecer miles, decenas, o sólo uno. El más constante era el de una mujer con el cabello largo y muy negro; cuando mis suspiros cerca de ella eran fuertes, la despeinaba. Su piel estaba adherida a los huesos y siempre se encontraba sonriente. Ella era la que más me seducía y por más que me esmeré, nunca pude acariciar su rostro.



Esos sueños terminaron cuando una mañana desperté con una araña rondando por mi cabeza. Al recordar su imagen en mi memoria aún siento sus afilados pelos, sus patas encajándose en mi cráneo, el pánico en el pulso de mis venas. Tú despertaste y acudiste en mi auxilio, con tu mano de un golpe la aventaste. Yo no te dije nada, pero al tocarme la cabeza sentí sangre. Te quedaste observando al animal muerto sobre la tierra: “Es una especie extraña”. Tu afición a la naturaleza no logró clasificarla. Tampoco te dije que estoy casi seguro que ese arácnido salió de mi cabeza, de mis sueños más recurrentes, que detrás de sus pelos debe encontrarse un rostro y que siento su veneno corroer mis entrañas ¿Para qué alarmarte?

Presiento que por fin estamos a punto de llegar a nuestro destino.

El sendero



Llegamos a esta parte del camino, donde la naturaleza muerta se enreda en nuestros pies, el lodo por instantes se mueve; al patearlo encontramos animales agonizando. Serpientes con enormes lenguas, sapos hinchados, un conejo muerto y al levantar la vista y ver la luna, percibimos que ya no era la misma.

Ahora la naturaleza muerta se enreda hasta nuestras piernas, nuestros pasos se tornan torpes, el fango se difumina con el horizonte, parece que podríamos atraparlo con nuestras manos pero no lo conseguimos. Caminamos con nuestros cuerpos debilitados por el hambre y el frio golpea nuestros pulmones, atrofiando nuestra respiración. Siento que mi cuerpo quedó sepultado en el montón de animales muertos.

Y el cielo retumba, parece que se desgarra, que detrás de él se encuentra un ejército, deben ser todos los rostros que aparecían en mis sueños y ahora gritan hasta desgañitarse lo que yo nunca fui capaz de hacer. Y el cielo se deshace en gotas gigantes, una es suficiente para empaparnos, para tirarnos sobre el lodo, para arrastrarnos a los surcos y a los límites de esta historia, nos avienta a los agujeros junto a los cadáveres y moribundos, en todos ellos veo los cabellos despeinados de la mujer que aparecía en mis sueños, con la piel en los huesos y al ver mi cuerpo, lo encuentro igual al de ella. El olor es fétido, me parece que es mi piel, mis rodillas están descarnadas, mis brazos negros. Al ver por momentos hacia el horizonte, todo el montón de animales me parecen corazones humanos aún palpitando. Al tocarme la cabeza, justo donde me mordió la araña, siento vacío y animales recorriendo mis manos y mis pies, pero no estoy seguro si es mi sangre que revienta como olas contra mi piel.



Al alzar la mirada encuentro pequeños puntos de luz danzando en la inmensidad, deben ser luciérnagas.

Grito tu nombre y te escucho lejos,

Grito tu nombre y te escucho del otro lado de las montañas,

Grito tu nombre y te escucho desde el infinito del cielo,


De golpe, aterriza mi consciente al sentir tus manos agitando mi cabeza. Logro abrir bien los ojos y te veo sonriente, envuelto en luces que revolotean alrededor de tu cuerpo, detrás de ti el paisaje se derrumba, el mundo se vuelve fango, mientras algunas ranas croan.

Alrededor de tu pie la tierra se mueve haciendo círculos. Una víbora asoma su cabeza y te muerde, para acabar de morirse encima de ti y tú la arrojas con ira. Yo siento que tanta agua se ha metido por el agujero que perforó la araña en mi cabeza que me transforma en cristal a punto de quebrarse. Ahora logro ver todos esos rostros que veía en mis sueños, dentro de los cadáveres de los animales que tratan de decirme algo, pero al igual que en aquellos sueños, no los entiendo. Siento que mis sentidos revientan, o agudizan. De golpe, por momentos, logro ver desde diferentes ángulos;

Desde los árboles, como los búhos,

Desde las montañas, como las águilas,

Desde el lodo, como los gusanos


Ahora siento que recorren mi cuerpo, o no sé si sea la sangre al sentirme tan vivo ¿O tan muerto? Tengo mis entrañas en los puños, para agradecerte tu compañía, para decirte gracias, el destino lo herramos juntos. Tengo la intuición de que ya no estamos en nuestros cuerpos y que ocupamos, por instantes, los cadáveres de los animales. Como las luciérnagas, como la energía, nos movemos de un lado a otro, de un cuerpo a otro, haciendo girar el universo unidos por nuestras almas.



Imágenes: Daikichi Amano, Fullyformelife, Horacio Neri, Ignacio Velasco

martes, 9 de agosto de 2011

Datsun 78




I like the peace
in the backseat,
I don't have to drive,
I don't have to speak,
I can watch the country side,
and I can fall asleep.

The arcade fire

Indicios




Las vestiduras de los asientos quemadas por nuestros cigarros, rotas por la euforia que nos corroe en las noches. El parabrisas estrellado nos hace revivir lo cerca que estuvimos a la muerte. Volteamos a verlo al mismo tiempo y sonreímos. Alzas la pierna y rompes la luz interna, al girar mi torso, con mi pie golpeo el asiento de adelante y se vence; acabo encima de ti, frente a frente. Los vidrios comienzan a empañarse, nuestro olor es cada vez más fuerte, estiro la mano al estéreo para subirle a la música, al moverme, tu cabeza choca contra la puerta y te ríes. Nuestra saliva entra por nuestros poros, las manos ¿qué inventan? somos como dos engranes más de esta máquina. Las gotas de tu sudor brillan sobre mi pecho, por los vidrios ya no veo nada. Nos escurrimos por los asientos, y así acabamos desgajados en el lugar del copiloto.

─¿Arranco el coche, nos vamos lejos?

Frunces las cejas, le das un golpe al estéreo, la música deja de sonar, me avientas contra la puerta. Salimos del auto mientras nos vestimos torpemente, los vidrios se desempañan de golpe, abres la boca para escupir tus palabras retorcidas y yo escupo lo que siento, y así construimos una escena más patética a la noche anterior. Las luces se habían quedado prendidas, alumbran tu silueta alejándose y tus palabras se hacen eco por todo el estacionamiento:

─En ese pinche coche no llegaríamos a ninguna parte, está jodido como nosotros.

Fotografías



─¿Decías que no llegaríamos a ninguna parte?

El coche ya lo vemos lejos, lo estacionamos tan cerca a la presa que parece en cualquier momento caerá a la deriva. Nuestra piel ha cambiado de color, tus ojos se han tornado más claros. Hablando, entendimos que estamos hartos de nuestras voces, del ruido y dejamos que este lugar retumbe, que el viento nos despeine, que nos arrastre a cualquier límite y llegamos a este punto, donde ya somos invisibles. Las hojas muertas comienzan a formar remolinos, la tierra por momentos explota como zona minada, las nubes parecen rasgadas por garras. Al escuchar tu grito cada elemento adquiere más movimiento, el paisaje se mueve ante mí como una extraña danza o tal vez sucede porque mis ojos se mueven rápido tratando de encontrarte. Súbitamente me abrazas por la espalda y detienes el momento de golpe con una palabra:

─Vámonos.



Inútilmente sacudes el polvo de tu cuerpo y regresamos al auto. Justo en el momento de subirnos comienza a caer el atardecer. Nos quedamos petrificados viendo hacia el horizonte, la presa ¿En qué momento quedó sin límites? Lentamente el sol fue cayendo sobre el agua ¿Vámonos? Sentí el impulso de prender el auto y tirarnos al precipicio, yo no tengo idea en que pensabas, No dijimos nada, nos volteamos a ver hasta que el ocaso terminó.

4 a.m



Azotas la puerta del departamento ¿Ya qué más podía decirte? Camino de un lado a otro; del baño al balcón, de la cocina a la habitación. Tratando de buscar razones, te siento más lejos. Encuentro las últimas fotografías: El coche cayendo a la deriva, nuestra piel quemada, nuestros ojos tan distintos, las nubes destrozadas, la puesta de sol pintando sombras ¿Te habrás dado cuenta de la cantidad de hojas secas? Encuentro tantos detalles que vuelvo a vivir cada instante de forma distinta. Las paredes comienzan a crujir, las ventanas se quedan sin vidrios, polvo entra y cubre mis ojos ¡Aún huelo a tu sexo! ¿En qué momento quedé tan atrapado? Las llaves del coche deberían estar sobre la mesa, yo nunca pierdo nada ¿La cartera? ¿Los cigarros?

¿En qué momento la ciudad se convirtió en una glorieta? Siento asco, abro la puerta para tomar aire, a unos pasos de mi, se encuentra un vagabundo tirado y yo ya no sé en donde estoy. Le pregunto, pero él no responde ¿Estará muerto? ¿Debería acercame a él? No. Yo sólo quiero saber donde estoy, dentro del coche encuentro una lata de cerveza vacía y se la aviento. Le rebota en la cabeza, se mueve y vuelve a dormir. Cierro la puerta y piso el acelerador.



El semáforo en rojo. Me detengo. A mi lado aparece un auto, el conductor baja el vidrio y dice mi nombre, al voltear a verlo me di cuenta que era absurdo seguir buscando razones. Tú en el asiento del copiloto y en tus tontas muecas encontré nuestro fracaso. Luz verde. Arrancan a toda velocidad y yo hago lo mismo pero en otra dirección. Edificios, casas, automóviles ¡La misma mierda una y otra vez! Hasta que llego a un punto en que la ciudad empieza a desaparecer.

Acelero.




Escucho como cruje el auto, siento el aire frío metiéndose por la carrocería. En cualquier momento el cofre saldrá volando, alguna puerta, o yo, por el parabrisas. Comienzan a destellar los primero rayos del sol ¿El vagabundo ya debe estar abriendo los ojos? ¡Miles de ojos deben estar haciéndolo! Millones de manos apagando despertadores ¿Y tú? En cualquier cuarto de hotel, enredándote entre sábanas o buscando la salida de algún estacionamiento. Por el retrovisor veo como la ciudad ha quedado atrás y tan pequeña. Los vidrios quebrados ya estallaron, la música reventó las bocinas, humo comienza a salir por todas partes y de golpe detengo el auto. Súbitamente veo el tablero, estalla mi frente, reboto contra el asiento y miro al cielo.

El sol ya alcanzó el punto más alto.



imágenes: Barestt Forster, Joan Crisol, Horacio Neri, Ignacio Velasco